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Fotolibro (III): Edición de fotolibro, pensar en imágenes.

Actualizado: hace 10 horas


collar perro



Introducción

Cuando el proyecto deja de ser archivo


Hasta este punto hemos hablado de por qué el fotolibro hoy y de cuándo un proyecto fotográfico empieza a pedir forma de libro. Pero ninguna de esas cuestiones se materializa sin un gesto central, incómodo y decisivo: editar.


Editar no es un paso técnico posterior al trabajo fotográfico. No es una fase de “limpieza” ni un trámite previo al diseño.


Editar es el momento en el que el proyecto se define, se compromete y asume una dirección. Es el instante en el que el fotógrafo deja de producir imágenes y empieza a pensar con ellas.


En este sentido, la edición de fotolibro y proceso creativo no pueden separarse: editar es pensar, tomar posición y construir sentido a través de las imágenes.


Los textos y cursos que sostienen este bloque coinciden en una idea clave: la edición es el verdadero núcleo del fotolibro.


Aquí confluyen todas las cuestiones trabajadas anteriormente en el blog —narración visual, polisemia, 1 + 1 = 3, ausencia, lectura guiada y responsabilidad autoral— y dejan de ser teoría para convertirse en decisiones irreversibles.




I. El gran malentendido: “las mejores fotos”


Uno de los errores más frecuentes al abordar un fotolibro es confundir edición con selección de imágenes “potentes”. Este planteamiento, heredado del portfolio y de la lógica expositiva, suele producir libros espectaculares pero vacíos: conjuntos de fotografías que funcionan de manera individual, pero no construyen pensamiento ni relato.


En un fotolibro:

  • una imagen fuerte puede arruinar una secuencia,

  • una imagen aparentemente débil puede sostener todo el relato,

  • una buena fotografía puede ser prescindible,

  • una fotografía imperfecta puede ser estructural.


Los materiales teóricos analizados insisten en este punto: el valor de una imagen en un libro no es intrínseco, es relacional.


Editar implica abandonar la lógica del impacto y asumir una lógica de función. Cada imagen debe justificar su presencia no por lo que es, sino por lo que hace dentro del conjunto.


Aquí se activa plenamente el principio ya desarrollado en el blog: en fotografía, 1 + 1 = 3.




II. Edición de fotolibro: pensar con imágenes y tomar decisiones.


Editar es un proceso intelectual antes que visual. Supone tomar distancia, suspender el apego emocional y aceptar que el proyecto necesita más claridad que brillo.


Editar obliga a formular preguntas incómodas:

  • ¿qué necesita el proyecto para decir lo que quiere decir?,

  • ¿qué imágenes sobran, aunque me representen?,

  • ¿qué fotografías sostienen el tono y cuáles solo aportan ruido?


Toda edición es una forma de renuncia consciente. Y esa renuncia no empobrece el proyecto: lo afina. Cada imagen que se elimina aclara el sentido de las que permanecen.


Este planteamiento aparece de forma reiterada en los textos docentes: editar no es optimizar, es definir un punto de vista. Por eso la edición conecta directamente con la crítica al momento decisivo y al clímax visual permanente.


El fotolibro no busca picos de intensidad, sino coherencia interna y continuidad sensible.




III. De la imagen aislada a la relación entre imágenes


Una fotografía aislada se mira. Una secuencia se lee.


Editar implica dejar de preguntarse qué muestra esta imagen para empezar a preguntarse:

  • ¿qué dice esta imagen junto a la anterior?,

  • ¿qué cambia si aparece después y no antes?,

  • ¿qué recuerdo activa en el lector?,

  • ¿qué deja en suspensión?


Aquí entra en juego la memoria visual del lector, un concepto clave desarrollado en Leer un fotolibro: una propuesta metodológica.


Cada imagen no solo aporta información nueva, sino que reconfigura retrospectivamente las imágenes previas. El sentido se construye en el tiempo, no en el instante.


Este mecanismo, analizado teóricamente en la entrada Narrar con fotografías, se convierte aquí en herramienta práctica de edición.




IV. Ritmo, respiración y silencios


Editar no es solo ordenar imágenes: es modular el ritmo de lectura. Todo fotolibro necesita:

  • momentos de intensidad,

  • momentos de pausa,

  • páginas que respiran,

  • imágenes que funcionan como silencios.


Los libros analizados subrayan la importancia del vacío como elemento estructural: blancos, páginas sin imagen, secuencias abiertas, cambios de escala. La ausencia —tema central de otra de las entradas del blog— es una herramienta editorial de primer orden.


Lo que no se muestra:

  • sugiere,

  • amplifica,

  • obliga al lector a completar.


Aquí la edición se aproxima a la música o a la literatura: el ritmo importa tanto como el contenido.




V. Editar con archivo: cuando el tiempo decide


Una parte significativa del fotolibro contemporáneo no se construye desde una producción cerrada, sino desde archivos acumulados a lo largo del tiempo.


En estos casos, editar implica:

  • volver a mirar imágenes hechas sin intención de libro,

  • aceptar la distancia temporal como herramienta crítica,

  • detectar patrones invisibles en el momento de la toma.


El tiempo actúa como un editor silencioso. Imágenes menores adquieren peso; otras pierden sentido. Este proceso conecta directamente con el documentalismo doméstico, el álbum de familia, la fotografía vernácula y la serendipia como método.


En Cuaderno de campo, el archivo no se organiza desde una lógica explicativa ni temática estricta, sino desde continuidades sensibles. El libro no ordena el pasado: activa una experiencia de lectura.




VI. Bloque visual

Editar como relación, no como suma


Qué mirar en estas páginas:

  • cómo una fotografía cambia al pasar página,

  • cómo el margen y el vacío forman parte del discurso,

  • cómo imágenes aparentemente “menores” sostienen el conjunto,

  • cómo el sentido emerge de la secuencia y no del impacto individual.



Estas imágenes no se entienden fuera del libro. Ese es el punto.




VII. La edición como toma de posición ética


Editar no es solo una decisión estética; es también una decisión ética.


Elegir qué imágenes entran, cuáles quedan fuera y en qué orden aparecen implica asumir responsabilidad sobre el relato que se construye.


Este aspecto enlaza directamente con la entrada dedicada a la ficción documental y a las fake news.


La edición puede:

  • complejizar la realidad,

  • abrir preguntas,

  • o simplificar y dirigir el sentido.


El fotolibro no es neutro. Define desde qué lugar se habla y qué tipo de lector se construye.




VIII. Cuaderno de campo: editar para acompañar, no para imponer


En Cuaderno de campo, la edición no busca conducir al lector hacia una conclusión cerrada, sino acompañar una experiencia: caminar, observar, detenerse y volver atrás.


El libro no pretende explicar ni justificar, sino proponer un espacio de lectura abierto, sin jerarquías rígidas.


Editar este proyecto ha supuesto un reto personal.


Trabajar con un entorno familiar implicaba respetar a los protagonistas —mi propia familia— sin renunciar a una mirada personal sobre la actividad representada.


La edición ha sido el lugar donde esa tensión se ha resuelto, a través de decisiones conscientes sobre qué imágenes seleccionar y cómo mostrarlas.


En las fotografías realizadas por mí, donde aparecen los protagonistas, he optado por omitir los rostros y centrar la atención en las manos.


Son las manos las que ejecutan la acción y sostienen el relato.


Mostrar los rostros no era necesario y habría supuesto una exposición innecesaria.


Esta decisión define tanto la representación de los protagonistas como el tono general del libro.



En contraste, los materiales de archivo incorporados —documentación de época y fotografías adquiridas en mercadillos— sí muestran rostros.


La convivencia de ambos registros genera un juego perceptivo que puede llevar al espectador a asumir que se trata de las mismas personas, cuando en realidad pertenecen a tiempos y contextos distintos.


Esta fricción evidencia cómo la cultura visual heredada tiende a construir arquetipos y a diluir la individualidad.


La edición se organiza de forma cronológica, simulando el transcurso de una jornada de caza: el amanecer, el territorio, la actividad y el regreso a casa con la preparación de las presas.


Se trata de una estructura clásica —presentación, nudo y desenlace— que actúa como soporte narrativo reconocible sin dramatizar el relato.


Esta estructura se apoya en textos breves, citas literarias de Rafael Chirbes, que no explican las imágenes, sino que introducen un contexto intencionado desde el que mirar.


Texto e imagen conviven generando capas de sentido y un discurso abierto.


Las imágenes no se organizan por espectacularidad, sino por afinidad sensible.


La edición acepta la pausa, el silencio y la repetición como parte del relato.


El libro no grita; susurra.


Me interesan los libros que, al cerrarse, no ofrecen respuestas, sino preguntas. Cuaderno de campo desplaza la decisión final al lector y lo obliga a posicionarse.


La edición no resuelve el conflicto: lo hace visible y habitable a través de la lectura.




Cierre

Editar es decidir quién eres como autor


Editar es el momento en el que el fotógrafo deja de esconderse detrás de las imágenes y se hace visible en sus decisiones. Es el lugar donde el proyecto se compromete con una forma, con un ritmo y con un lector.


En la próxima entrada avanzaremos un paso más: cómo esa edición se convierte en secuencia narrativa.


Próxima entrada

Fotolibro (IV): secuencia y ritmo. Cómo ordenar imágenes para construir sentido

 
 
 

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