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Fotolibro (II) proceso creativo: de proyecto fotográfico a proyecto de fotolibro

la herencia cultural




Introducción

No todo proyecto fotográfico quiere ser un libro


Uno de los errores más habituales cuando se empieza a pensar en fotolibros es dar por hecho que todo proyecto fotográfico debería acabar convertido en libro. No es así.


El fotolibro no es un destino natural ni automático, sino una decisión conceptual que implica asumir una serie de consecuencias narrativas, formales y éticas.


Antes de hablar de edición, diseño o impresión, es imprescindible detenerse en una pregunta básica:

¿Este proyecto necesita realmente un libro para existir?


Esta entrada aborda ese momento de inflexión: el instante en el que un conjunto de fotografías deja de pensarse como archivo abierto o serie dispersa y comienza a reclamarse como estructura, como relato secuenciado, como experiencia de lectura.


Ese es el punto exacto en el que un proyecto fotográfico empieza a transformarse en proyecto de fotolibro.




I. Proyecto fotográfico ≠ proyecto de fotolibro


Un proyecto fotográfico puede existir de múltiples formas:

  • como serie expositiva,

  • como archivo en crecimiento,

  • como conjunto de imágenes publicadas de forma fragmentaria,

  • como investigación abierta sin cierre definido.


El proyecto de fotolibro, en cambio, exige algo más: una toma de posición.


Convertir un proyecto en libro implica aceptar que:

  • habrá un inicio y un final,

  • se establecerá un orden,

  • se fijará una lectura posible,

  • se dejarán cosas fuera.


Aquí enlazamos directamente con conceptos ya trabajados en el blog: narración visual, lectura tutelada y responsabilidad autoral. El libro no es inocente: propone una experiencia concreta y orienta —aunque no determine— la interpretación del lector.




II. Fotolibro proceso creativo: la pregunta clave antes de hacer un libro


Antes de editar imágenes, hay que editar ideas.


Uno de los aprendizajes centrales del trabajo previo —tanto en las entradas teóricas como en el análisis de procesos reales— es la necesidad de formular con claridad qué sostiene el proyecto, más allá de su apariencia visual.


No se trata de definir un “tema” en sentido académico, sino de identificar:

  • una obsesión,

  • una pregunta recurrente,

  • una tensión no resuelta.



En el caso de Cuaderno de campo, la pregunta no gira en torno a un acontecimiento ni a un relato espectacular, sino a una forma de estar en el mundo: el tiempo cotidiano, la observación y la memoria como experiencia vivida.


El proyecto nace de la necesidad de comprender un entorno próximo y, a la vez, incómodo para mí: la caza. Una práctica atravesada por lecturas culturales muy distintas y que genera una tensión constante entre lo familiar y lo ajeno.



niño cazando

Durante casi dos décadas fotografío ese mundo desde dentro, construyendo un archivo personal que se completa con una investigación sobre la cultura visual y simbólica que rodea y legitima esta actividad.



El fotolibro se convierte en el medio elegido para mostrar el trabajo porque permite guiar la lectura del espectador sin imponer una interpretación cerrada.


No se trata ni de una crítica frontal ni de un lavado de cara de la caza, sino de una investigación visual que propone cuestionar hasta qué punto la cultura recibida condiciona nuestra forma de posicionarnos ante esta práctica.




III. Intención, no mensaje


Uno de los cambios más importantes en la manera de entender el fotolibro contemporáneo es dejar de pensar el proyecto como un mensaje que hay que transmitir y empezar a pensarlo como una experiencia que se propone al lector.


Cuando un trabajo se construye desde el mensaje, el autor intenta dirigir la lectura hacia una conclusión concreta: explicar algo, demostrar una idea, convencer de una posición.


El riesgo de este enfoque es que el sentido queda cerrado de antemano y la imagen se convierte en una ilustración de una idea previa.


Trabajar desde la intención implica algo distinto. No se trata de decirle al lector qué debe pensar, sino de crear un recorrido en el que las imágenes, su orden y su ritmo activen preguntas, dudas y asociaciones.


El autor no fija una respuesta, sino que plantea una experiencia de lectura.


Pensar un fotolibro desde la intención supone preguntarse:

  • qué tipo de experiencia quiero que viva el lector,

  • cómo quiero que avance por el libro,

  • qué atmósfera, ritmo o tono acompaña a las imágenes.


Este enfoque conecta directamente con la polisemia de la imagen, desarrollada en entradas anteriores del blog.


A diferencia del lenguaje escrito, la fotografía no tiene un significado único y cerrado.


Una misma imagen puede generar lecturas distintas según quién la mire, desde dónde y en qué contexto.


El fotolibro no elimina esa ambigüedad; la organiza.



A través de la secuencia, el ritmo y las pausas, el autor construye un marco de lectura sin imponer un sentido único.


El autor no controla lo que el lector pensará, pero sí puede construir las condiciones en las que esa lectura tendrá lugar.




IV. Cuando el archivo empieza a hablar


Muchos proyectos de fotolibro no nacen con la intención explícita de ser libros. Se construyen a lo largo del tiempo, a partir de imágenes acumuladas, aparentemente inconexas, que solo más tarde revelan una coherencia interna.


Aquí el archivo juega un papel fundamental.


Trabajar con archivo propio implica:

  • volver a mirar lo ya fotografiado,

  • asumir distancia temporal,

  • detectar patrones, repeticiones y silencios.


El tiempo se convierte así en un editor invisible. Imágenes que en su momento parecían menores adquieren peso; otras, que parecían centrales, pierden sentido.


Este proceso enlaza directamente con lo trabajado sobre documentalismo doméstico, álbum de familia y fotografía vernácula: prácticas donde el sentido no está en el acontecimiento, sino en la persistencia.


En Cuaderno de campo, este retorno al archivo no busca ordenar el pasado, sino activar una experiencia de lectura basada en la observación lenta y la memoria fragmentaria.




V. Del archivo a la estructura


El momento clave en el paso de proyecto fotográfico a proyecto de libro es aquel en el que el autor deja de preguntarse qué fotos tiene y empieza a preguntarse qué relaciones se establecen entre ellas.


Aquí comienza verdaderamente el trabajo de fotolibro.

  • ¿Qué imágenes dialogan entre sí?

  • ¿Cuáles se repelen?

  • ¿Qué sucede si se colocan juntas?

  • ¿Qué aparece cuando se separan?


Este proceso conecta directamente con el principio 1 + 1 = 3, desarrollado en la entrada sobre narración visual. El sentido no emerge de la imagen aislada, sino de la fricción entre imágenes.


El proyecto empieza entonces a pedir:

  • un orden,

  • un ritmo,

  • una respiración.


Y ese es el indicio más claro de que el libro es el formato adecuado.



VI. Elegir el libro es elegir un tipo de lector


Decidir que un proyecto será un fotolibro implica también decidir para quién se construye la experiencia.


El lector de un fotolibro:

  • sostiene el objeto,

  • pasa las páginas,

  • decide el ritmo,

  • puede volver atrás.


No es un espectador pasivo ni un usuario distraído. Es un lector activo.


Este punto enlaza con la neuroestética: la experiencia del libro no es solo visual, es corporal, temporal y emocional. El libro se lee con las manos, con la memoria y con la atención.


Pensar el proyecto como libro implica asumir esta relación íntima con el lector, muy distinta de la que se establece en una exposición o en una pantalla.



VII. Cuaderno de campo como transición natural


En Cuaderno de campo, el paso al fotolibro no surge de una voluntad de cierre, sino de la necesidad de dar forma a una experiencia acumulada en el tiempo.


El proyecto no nace pensando en el libro como resultado final, sino como una práctica prolongada que acaba reclamando estructura y una forma de lectura concreta.


El fotolibro se impone como el formato más adecuado porque el proyecto no es solo un trabajo fotográfico, sino también una investigación visual sobre la actividad de la caza.


No busca explicar ni justificar, sino abrir un espacio de reflexión que ponga en juego cuestiones como el peso de la herencia cultural en nuestra forma de percibir el entorno y los intereses —económicos, simbólicos y sociales— que lo atraviesan.


El proyecto no pretende demostrar nada; pretende acompañar.


Acompañar al lector en un recorrido donde las imágenes se relacionan sin jerarquías rígidas y el sentido emerge de manera progresiva.


Ese acompañamiento solo es posible en un formato que permita:

  • secuencias abiertas,

  • pausas y silencios,

  • retornos y relecturas.


El fotolibro aparece así no como un contenedor final, sino como un espacio de pensamiento, donde las imágenes pueden respirar, dialogar entre sí y generar preguntas más que respuestas.



Cierre

Antes de editar fotos, edita preguntas


Convertir un proyecto fotográfico en un proyecto de fotolibro no empieza con una maqueta ni con una selección de imágenes. Empieza con una decisión conceptual: aceptar que el sentido se construirá en el tiempo, en la relación entre imágenes y en la experiencia del lector.


En la próxima entrada entraremos en el núcleo del proceso: la edición fotográfica, el lugar donde el pensamiento empieza a volverse forma.




Próxima entrada


Fotolibro (III): editar no es elegir las mejores fotos La edición como núcleo del libro

 
 
 

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